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Ay Pandora

Por   /  02/08/2015 

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Drusila

Drusila

No abras esta caja, advirtieron los dioses, pocas veces fueron tan concretos, tan claros.
Pandora fue creada por orden de Zeus como letal instrumento de venganza.
Se dice que el titán Prometeo tenía gran afecto hacia los mortales, intervino muchas veces en su favor, pero, llegó muy lejos al robar el fuego para beneficiarlos.
El dios de dioses enfureció hasta el paroxismo, Prometeo tuvo un cruel castigo, pero la ira del veleidoso, intolerante y vengativo Zeus lejos estuvo de calmarse. Puso su mirada colérica sobre la tierra, que en ese tiempo era joven.

A su orden, Hefesto modeló una bellísima mujer en arcilla, Atenea le concedió gracias maravillosas, Hermes seducción y don de elocuencia, una vez lista, el padre de los dioses sopló en su boca la vida y así nació Pandora.
Fue enviada a los hombres con una exquisita caja labrada bajo el brazo, la creación era nueva, inocente y alegre, la muchacha también lo era, no tenía idea de su oscuro destino.
Epimeteo se enamoró apenas verla, y, como en todas las historias en esa época dorada eran felices, Pandora le retribuyó, los jóvenes vivieron juntos en armonía, paz y abundancia.

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Sin embargo, la caja no dejaba de pesar en las cavilaciones de Pandora, tenía un vago recuerdo de haberla traído consigo, pero la advertencia de no abrirla estaba bien clara tanto para ella como para Epimeteo y los demás.
La curiosidad de la joven aumentaba, a pesar de la dicha constante que compartía con su esposo, la ansiedad oscurecía cada vez más sus días.
Las cajas fueron hechas para ser abiertas, y algo contenían, si no fuera así, no serian cajas.

Por fin, incapaz de resistir, la inocente Pandora abrió la aciaga caja.

Un millón de males salieron de ella zumbando venenosamente, tantos fueron que cubrieron la luz del sol, Pandora primero, y el resto de la incipiente humanidad instantes después, fueron picados, mordidos, roídos por esos demonios enloquecidos.
El primer asesinato, la primera traición, dolor, violencia, mentiras, ofensas, enfermedades, en fin, todo lo malo que tan bien conocían en el Olimpo sucedió inmediatamente, Epimeteo mismo, fue cambiando al entrar en la vivienda asustado por la oscuridad y sospechando su causa, golpeó rudamente a la su esposa y la abandonó llenándola de insultos, y Pandora quedo sola, llorando desesperada, junto a la fatídica caja abierta.

Dicen que la ultima entidad en salir fue la Esperanza, un módico paliativo ante tanta desgracia.
Sola y miserable, la otora bella mujer dedico el resto de su vida a llevar la poco consistente Esperanza, tratando de aliviar un poco el desastre.
Pasaron los años por miles, Pandora se convirtió en la arcilla que la originó, lo mismo que aquella primera humanidad que había conocido la inocencia.
Los dioses también se esfumaron, salvo algunos pocos que se transformaron.
Pero si quedó la furia primigenia del padre de los dioses, los males jamás abandonaron a la humanidad.
La sangre de Pandora corre por las venas de millones de humanos, y con ella la herencia de desobedecer en pos de la curiosidad, sacrificando toda bonanza.

Y así es que hoy día la persona, ora de pie, ora sentada, ora.
Ante si una pequeña caja rectangular, fácil de abrir, tentadora. Contiene las respuestas a preguntas que ni se hizo, esas respuestas pueden ser peligrosas para si y los suyos.
La persona es inteligente, es consciente que mejor ignorar muchas cosas es un camino fácil hacia la tranquilidad, pero, la sangre de Pandora se agita en su interior.
Se resiste por lo tanto a fundar su vida en el desconocimiento, intuye que algo se agita en el interior de la caja deseando salir y gritar su secreto.

La persona piensa vagamente en Pandora, en la inocencia perdida, en los males desatados.
Sin mas, aprieta enter, mira los mensajes en ese movil, abre la libreta, lee la carta, se fija en la historia clínica, revuelve en ese archivo contable, controla el resumen de gastos de esa tarjeta, revisa los bolsillos, accede a esos mails, llama a ese número de teléfono anotado en un papelito arrojado a la basura, o …

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustración y texto)

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