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Casa Embrujada

Por   /  29/08/2015 

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Drusila

Drusila

Sara paseaba por el suburbio de Buenos Aires en una fría tarde de otoño. Ya la mayoría de los árboles habían perdido su follaje, y eso permitía que la luz del sol ilumine con más fuerza las veredas que cantaban levemente con sus pasos.
Iba junto a un acompañante, un buen amigo siempre dispuesto a disfrutar de un paseo.
Charlaban de todo, ambos tenían una importante formación cultural, ella docente jubilada licenciada en historia, apasionada de la literatura, política, artes, y lo que se hable.
Doctor en Física él, apasionado de la historia, literatura, política, artes y todo lo que se hable.
Ambos eran seres racionales y analíticos.

En una pausa entre tantos entretenidos debates, Sara siguió con su vista el vuelo errante de un pájaro de invierno, cuando, accidentalmente, entró en su campo visual la casa.
Sin pensarlo, después de un eléctrico estremecimiento al verla, las palabras salieron de su boca “¡Esa casa esta embrujada!”.
El pragmático científico pensó que Sara bromeaba, pero al notar su expresión entre asombro y susto, siguió la dirección que ella marcaba con la barbilla alzada.
Si, había una casa, común y corriente, similar a las demás casas del barrio, nada notable.
El buen científico comenzó con un largo monólogo respecto a las supersticiones, falta de sueño tal vez, o una comida particularmente indigesta.
Su amiga no estaba de humor para recibir los discursos que bien conocía, ya que ella también era férreamente escéptica. Malhumorada siguió su paseo, sin casi abrir la boca.

Desde esa tarde varias veces paseó Sara buscando la extraña casa, a veces la encontraba, a veces no. Era raro, porque siempre olvidaba el nombre de la calle y su numeración. “Se esconde”.
Era una construcción verdaderamente despersonalizada, encajonada entre las demás, mimetizada, un pequeño jardín seco, una puerta apenas desvencijada que daba a un pasillo vidriado en uno de sus lados, una típica casa levantada por inmigrantes en el Gran Buenos Aires.
Sólo que Sara la veía extrañamente oscura, el sol de otoño no la iluminaba como debería ser, estaba rodeada por alguna atmósfera que tragaba parte de la luz. Una sospecha de sombra, una neblina de grafito imperceptible. La mujer no podía explicar con todos sus conocimientos porque motivo sentía rechazo por esa anónima vivienda.

Averiguó todo lo que pudo respecto a la casa, y en verdad no había mucho misterio, ninguna historia tenebrosa.
Sus habitantes, que habían nacido allí, se habían mudado a un barrio más próspero hacia años, luego de sus muertes se había establecido una batalla legal entre los herederos, por eso permanecía vacía, nada fuera de lo común.
Su pequeño jardín, años atrás lleno de rosales, ahora lucía seco y descuidado, los abogados litigantes no suelen aconsejar a sus clientes cuidar la propiedad.
Pero, ante el estudio atento de Sara, la casa era indudablemente oscura, siniestra en su absoluta falta de particularidades, la asociaba con un demonio que adopta la forma de una persona vulgar como disfraz.
Ese tipo de pensamientos jamás habían rondado su clara mente, al menos, jamás desde que se hizo adulta.

Sara buscó otros eventuales compañeros de paseos, y cada vez que pasaba por allí lanzaba al descuido un comentario.
“Esa casa tiene mala vibración, es opresiva” le dijo a un amigo psicólogo, el hombre miro con atención el jardín, la puerta y el pasillo vidriado y estuvo en todo de acuerdo con Sara.
“Esa casa esta en falsa escuadra, mal construida” le dijo a otro amigo arquitecto, el hombre miro con ojos milimetrados y estuvo en todo de acuerdo con Sara.
“Esa casa es malsana, tiene manchas mohosas, esta llena de hongos en las paredes, seguro tóxicos” le dijo a otro amigo médico, quien al mirarla creyó ver exactamente lo que Sara decía, estuvo en todo de acuerdo con ella.
“Esa casa tiene el pasto del jardín demasiado quemado, alguien tiro herbicidas, se la ve muy mal, da impresión de alta contaminación” comentó a un amigo agrónomo, quien luego de mirar de cerca las frágiles briznas de pasto seco estuvo en un todo de acuerdo con ella.
“Esa casa esta mal orientada, mal organizada en puertas y ventanas, la energía no puede fluir, la construcción no contiene orden” comentó a un amigo fanático de la filosofía oriental, quien estuvo en todo de acuerdo con ella.

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Y la casa no estaba desarmonizada, ni en falsa escuadra, no tenía musgo ni hongos, puertas y ventanas correctamente orientadas, y las hierbas del jardín estaban normalmente secas.
Pero era evidente que a todos los que Sara les hacía un comentario racional, o filosófico, veían inmediatamente que la casa era inquietante, por la razón que fuera.
Solo Sara veía la tenue oscuridad que la rodeaba, y le daba un aspecto tenebroso, hasta peligroso.

Entrado el invierno, la mujer seguía vigilando la casa, a veces no la encontraba en todas las vueltas que daba, cada vez más oscura, más retraída detrás de su minúsculo jardín, Sara pensaba que se replegaba como un perro antes de morder, como una serpiente antes de atacar.
“Está viva, y sabe que lo sé”.
Toda su racionalidad cuidadosamente cultivada, toda su lógica, sentido común del cual se enorgullecía, protestaban indignadas dentro de su cabeza, provocando verdaderas tormentas emocionales.
Una mujer madura, culta, informada. Si todo aquello en lo que había creído firmemente se tambaleaba frente a una sutil sensación de desasosiego y una mas sutil impresión de oscuridad, entonces, que poco firme habían sido sus convicciones.
Sara se horrorizaba al descubrirse tan supersticiosa como muchas gentes a las cuales despreció, o intento llevar por la luminosa senda de la lógica.

Por el bien de su aceitada maquina cerebral, su exacto y precioso equilibrio de ideas y sensaciones, por sus casi setenta años viviendo en una confortable burbuja de pruebas científicas, verdades irrefutables, análisis, razonamientos, y por sobre todo, profundo rechazo a cualquier tipo de superchería, Sara dejó de pasear por las calles de su barrio suburbano.
Sencillamente rehizo sus caminatas en el centro de Buenos Aires, en el tráfico, cemento, vidrieras estallando de colores luminosos, multitudes atareadas.
Donde lo más inquietante que podía ver era, quizá, un perrito metido en la cartera de una señora, o, ¡santa contaminación! un niño poniéndose en la boca algo que había recogido del suelo.

Pasado el verano, Sara se había olvidado de su obsesión por la casa. Volvió a pasear por su barrio, una señora mayor caminando ágilmente.
Una tarde recordó que en esa calle, creía, estaba la casa, y, por curiosidad la buscó.
Vueltas y mas vueltas, nada, ida y vuelta en un radio de cuatro calles durante tres horas, la vulgar construcción no estaba. Se sintió perpleja.
Su mente lógica le dio la respuesta adecuada,”La demolieron, o la refaccionaron, terminó el problema de los herederos y alguien se hizo cargo, debe estar, pero, cambiada”
Tranquilizada, aliviada siguió su paseo con paso ligero, apurada por regresar a su hogar.

Una niña corrió hacia ella, Sara se detuvo sonriente ante la desconocida criatura, quien se veía muy seria, con profunda expresión acusadora, y en ese tono le espetó.
“Señora, la casa embrujada desapareció, se fue, ¡porque usted la acosó!”

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustración y texto)

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