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El beso (retrato robot)

Por   /  11/10/2015 

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Estoy sentada en un banco del Österreiche Galerie Beveldere Museum. O no, porque ni siquiera sé pronunciarlo, creo que hasta me he perdido por Viena en mi imaginación para llegar al museo ese.

besoEstoy sentada en un carro de Ikea, en la sección de láminas y cuadros (si, ha perdido mucho glamour. Y si, he llegado así de lejos en Ikea y no he muerto por deshidratación, desnutrición o por el ataque de un ejército de hombrecitos blancos recién salidos de las instrucciones de los muebles). Llevo diez minutos sentada ante uno de los cuadros. Uno de esos cuadros que nunca me habían llamado antes la atención pero que, de repente, ha captado toda la que tengo y se me ha metido dentro de las retinas y de la cabeza. Hablo, obviamente, del cuadro ese que viene en tres partes y lleva en cada una el nombre de una capital europea diferente. Esa tipografía, esos colores, ese diseño tan rompedor, tan…tan…VALE, NO. NO ES ESE. Hablo de ‘El beso’ de Gustav Klimt. Lo he mirado de reojo y me ha enganchado. Estoy aquí como si esto fuera el Louvre, ante la mirada atónita de empleados vestidos de amarillo y azul que me sugieren educadamente, mientras ordenan postales de conejitos y patos con colores fluorescentes, que lo eche en el carro y me lo lleve.

Mientras se me clavan los hierros del carro en un sitio muy feo y bonito a la vez (bendito gimnasio – Baja Modesto, que ya subo yo a regar las plantas), te miro. Y lo que más acojona es que no existes, pero en cierto modo, te siento. Muchas noches te sueño, pero todavía no tienes cara. Es como soñar con la señora del cuadro a la que le borra la cara Mr. Bean con disolvente en la película, pero en hombre. Es muy raro, pero por alguna extraña razón, me hace sentir bien, en paz. Porque no te veo por fuera – te veo por dentro. Es como si te conociera antes de conocerte. No eres un príncipe azul tal y como lo marcan las ideas socialmente preconcebidas (ATENCIÓN: acabo de juntar tres palabras que me hacen parecer inteligente. No se preocupe nadie, que estoy bien). Eres mi príncipe primitivo – simple, gracioso y seguro (que no bruto, aquí la bruta soy yo y que nadie me lo cambie que no sé hacer otra cosa – querido tú, no te asustes, que no lo hago en serio. Cuanto más ‘bruta’ sea, más mariposas tengo en el estómago). No eres uno de esos príncipes a los que se refieren los artículos de ‘MujeresModernasQueSonMásAntiguasQueMiAbuela’ de Facebook. Eres una persona normal, capaz de comprender y capaz de sentir sin miedo. Lo demás está de más (esto es de alguna canción de Ana Belén fijo).

A veces me da por imaginarte a mi lado, aunque todavía no hayas llegado a mi vida (y si has llegado y no me he dado cuenta, perdón: es la miopía). Si no lo has hecho, no tengas prisa si no quieres – todavía tengo que vivir mil aventuras antes para poder compartirlas contigo ante una buena tarta de chocolate. Y si quieres llegar ya, hazlo y las vivimos juntas. Como tú quieras – yo te espero. Mientras te decides, yo seguiré mirando el cuadro con la convicción de que alguna noche estrellada, sobre un campo de flores, seré una bestia de la vida (en plan gracioso, no en plan Macha Ibérica) y tú me abrazarás, me besarás y me susurrarás al oído que algún día seremos viejos y tendremos mil historias que contar. Un día, cariño, seremos viejos pero ese momento, ese beso será eterno.

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