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El Lobizón

Por   /  16/06/2015 

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Drusila

Drusila

En este sitio se ha comentado que los inmigrantes llegados al nuevo mundo no bajaron solos de los barcos, trajeron insólitos polizones. A saber, todo tipo de criaturas fantásticas que desalojaron a las locales, hadas, banshees, leprechaund, y al menos un lobizón.
Misiones es una bella provincia situada al noroeste del país, lindante con Brasil y Paraguay. Zona selvática, famosa por las imponentes Cataratas del Iguazú, una serie de doscientos setenta y cinco saltos de agua, tan caudalosa y atronadora, que se siente la vibración en el suelo a varios kilómetros de distancia.
La tierra es de un intenso color rojo, y el verde de la densa vegetación recorre todos los matices y saturaciones imaginables, un sitio donde la naturaleza exuda agua y plantas, fértil, exuberante.

Existen pequeños pueblos dentro de la selva misionera, en lucha constante para no ser devorados por ella, y en uno de esos pueblos cuentan que se instaló, allá por la década del ’30, el lobizón, lo hizo su coto de caza, por cierto abundante.
Dicen que bajó de un barco de bandera incierta, y fue buscando el norte. En ciertas culturas europeas el norte era considerado origen de todo mal.
Un día, los paisanos ocupados en sus rudos quehaceres, fueron sorprendidos por un fuerte viento que levantaba oleadas de polvo colorado, pero no llegaba a mover las copas de los árboles, un viento a ras del suelo. En medio de la polvorienta niebla rojiza apareció ese hombre.
Los pobladores estaban acostumbrados a todo tipo de alimañas que se arrastran, corren o vuelan por la selva, sintieron miedo al ver al individuo acercarse. Y por cierto, algo en su caballo tampoco estaba bien.

El hombre parecía cordial, y sin ningún acento apreciable preguntó por una parcela un poco alejada, le informó al intimidado comisario que se instalaría allí.
Las humildes gentes no sabían que les inquietaba más, si el hombre o su caballo, y así el tal Estanislao Odavlam ancló en un pequeño poblado perdido en la selva misionera.
Los peones de piel curtida y manos pétreas silenciaban cualquier charla cuando el recién llegado aparecía, un par de mujeres observadoras notaron un espolón de gallo en el talón izquierdo de Estanislao, y así lo informaron al comisario, quien por supuesto no lo tomó en serio.
Lo que si molestaba al comisario y a otros era el viento extraño que barría la tierra, pero no alcanzaba la copa de los árboles.

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Fue un verano singularmente caluroso y húmedo, los insectos omnipresentes tomaron dimensiones gigantescas, las alimañas se multiplicaban, y, comenzó a desaparecer cabezas de ganado, no muchas, pero lo suficiente para que los pobladores lo sintieran en sus raleadas economías.
Una noche la paisanada escuchó claramente el aullido de un lobo, esa es tierra del Aguara Guazú, tímido animal que rara vez se acerca al hombre y jamás atacan ganado.
Pero ese aullido provenía de algo diferente, los gauchos más recios se persignaron.
Estanislao Odavlam levantó su rancho, él y su extraño caballo pasaron a formar parte de comentarios silenciosos, siempre en voz baja y con recelo.

La bella hija de un hachero cumplía sus quince años, y el pueblito entero se preparó para la fiesta, sacrificaron varios lechones, los hornos de barro sacaban pan y empanadas para la festejar a la muchacha, esbelta morena mestiza de indio y europeo.
En la noche de la fiesta, entre bailes y payadas, la niña dio aviso a su madre que iba hasta su casa, distante una docena de metros, a buscar alpargatas para bailar más cómoda.
No se la volvió a ver con vida. Sencillamente desapareció.
La buscaron el resto de la noche bajo la brillante luna llena, al otro día, y a la noche siguiente, los peones, los hacheros, todos los hombres se internaron varios kilómetros en la espesa selva, llamándola a gritos.
Apareció al tercer día, en el patio de tierra de su propia casa, una visión que ninguno olvidaría, el cuerpo desmembrado, un pobre montoncito rojo sobre colorado. Solo alguien dotado de una gran fuerza física podía hacer semejante daño.

Por instinto, sin hablar, como una sola persona, los pobladores corrieron al rancho de Estanislao Ovladam, y se encontraron con una cáscara, la vivienda estaba vacía, ni un mueble, ni un utensilio, nada, solo tierra apisonada y un insoportable hedor a fiera, que ni el fuego logro disipar del terreno.
El sacerdote se enfadó con los aterrados vecinos, les pontificó duramente contra la superstición. Era jesuita y no vivía allí, oficio el funeral de la niña y se marchó.
Cuentan que lo mismo fue pasando en varios pueblos de Misiones durante varias décadas, un hombre montado en un extraño caballo, visto muchas veces, y dejando una tragedia al desaparecer. Y el viento reptante, anunciando su llegada. También en Corrientes, Chaco, Catamarca, Formosa. Luego de mucho tiempo no se lo volvió a mencionar, raleando sus apariciones hasta que no se lo vio más, aunque en la memoria de los humildes quedo grabado a fuego.

Ahora bien, se cuenta que cierto funcionario, que siempre está activo en las provincias del norte de Argentina, resistiendo con eterna gestión el paso de cualquier gobierno. Adinerado, implacable, se le conoce como un temible depredador, como suelen ser esos señores feudales. Va de provincia en provincia, vive en fastuosas mansiones, guarda cariño por un viejo caballo, y, tiene un calzado especial para disimular una protuberancia en el talón izquierdo.

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustración y Texto)

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