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El patito feo

Por   /  25/07/2015 

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Drusila

Drusila

No érase una vez una pequeña bandada de patos, quienes dada la estación, se ubicó cerca de un lago para anidar.
Un cazador bastante inepto, erró todas y cada una de las flechas que les lanzó, tuvo que conformarse con unos poco suculentos huevos hurtados.
Antes de marcharse en búsqueda de otras presas que tuvieran la gentileza de quedarse quietas para que pudiera derribarlas con éxito, dejó un presente en uno de los nidos.
¿Torpeza?, ¿Maldad?, ¿Ignorancia?,¿Ofrenda?. De los motivos de tal acción del sujeto no han quedado crónicas.

El calor era suave e incipiente, y los nidos se multiplicaban aquí y allá, escondidos entre los juncos.
El pródigo reproducir de las aves derramaba bonanza en los depredadores, sin embargo no afectaba la continuidad en la estirpe de la pequeña bandada. Tampoco dejaban nada a cambio de lo que tomaban. Todo estaba equilibrado.

En uno de los nidos algo no estaba en equilibrio, cuatro huevos iguales, y el quinto muy distinto.
La pata se ocupaba diligente en incubar a todos, llegó el día en el que los cascarones se quebraron, asomaron cuatro crías iguales, y la quinta muy distinta.
La pata no hizo diferencias, justo es decirlo, estas aves saben de muchas cosas, hacen otras extraordinarias, pero contar huevos no les va bien.

Los polluelos se portaban como se espera de los patitos, prontamente sintieron el llamado del agua, y hacia ella se deslizaron siguiendo las palmeadas huellas de su madre, pero, el quinto no.
Era grande, torpe y sobre todo voraz. Negándose a adoptar las ancestrales costumbres de los patos, lanzaba fuertes chillidos, inquieto, nervioso, aleteaba y pedía cantidad de comida dentro de su buche que parecía un pozo sin fondo.
Lo cual no es sorprendente, no era un pato, era un águila.

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La hembra, en parte agotada por las demandas de alimento del quinto polluelo, en parte por haber casi cumplido el ciclo de crianza, fue desinteresándose y ya no alimentó ya a ninguno.
Uno de los cuatro patitos iguales desapareció, no del todo, su pico y plumas ahí estaban.
El no tan pequeño de perfil curvo y grandes garras levantó todas las sospechas.

Las bandadas no tienen consejos, no deliberan, tienen instinto. Sin preguntarse que ni porqué, arremetieron con violentos picotazos al enorme polluelo, expulsándolo sin más.
La intención en realidad era matarlo, no lo lograron porque ignoraban que fuerte era, herido y sin ala protectora, sobrevivió.
En el final de la estación veraniega había proteínas de sobra arrastrándose y saltando cerca de sus ojos, que por cierto, se alzaban anhelantes al cielo, porque su alimento estaba allí, en el celeste, no en el agua.

Probaba sus alas, que hora a hora levantaban más polvo al batirlas, flexionaba sus garras nada funcionales para nadar, y observaba sin rencor a los patos volar con gracia, los conocía muy bien, y sabia que pronto migrarían.
Ya podía el pichón de águila volar hasta las ramas altas de los pinos, y apenas hecho eso, desplegó sus alas y navegó en las corrientes del aire.
El águila no sabia que era un águila, tampoco le importaba lo que era, si sabia que no era un pato, por mas que entre ellos fue criado y conocía bien el comportamiento de la bandada, y eso si le era importante saberlo, porque eso le daba otro conocimiento. Es que tenía hambre.

Por eso perfeccionó su vuelo a escondidas, no exhibía su majestuosa silueta para asustar a las demás aves y atrapar a la mas lenta o débil, como suelen hacer las águilas.
Y así, ni como pato, ni como águila, ni como ardilla, ni como lobo, como nada conocido, acabó sin mayor esfuerzo con toda la pequeña bandada.

Dicen que el inepto cazador presenció el final del drama, y hasta aprovechó los despojos que el águila despreció saciada, narró lo acontecido esa misma fría noche en una taberna, ante los ebrios siempre deseosos de sorprenderse.
La historia se contó de generación en generación, transformándose en un cuento popular. Sin moraleja, un cuento porque si.
Alguien lo retocó aquí y allí, cambiando no sólo el trágico final, además, la identidad del águila.
Ese acontecimiento llega a nosotros como el cuento de un cisne que castiga a los patos que lo despreciaron con su inusual belleza.
La naturaleza no castiga jamás, y menos con belleza.

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustración y texto)

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