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Reptiles

Por   /  21/11/2015 

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Drusila

Drusila

“¿Qué gente es esta?, visten de forma diferente a nosotros, sus costumbres nos resultan extrañas, no entendemos su lenguaje, no sabemos de qué hablan y bajo qué términos.

No se nos parecen, no forman parte de nuestra tribu, pueden ser peligrosos y todo lo que nos amenace debe ser aniquilado”.

En estos términos básicos se reduce el concepto xenófobo. Toda la teoría racista luego agregada para racionalizar de modos precarios y hasta ridículos a lo largo de la historia humana va mutando según las épocas y descubrimientos científicos. Sin embargo la esencia “del otro” como amenaza sigue inmutable, no importa el ADN común a toda la raza humana, no importa la demostración repetida hasta el hartazgo que no existen diferentes razas, ese concepto primario sigue firmemente arraigado en el subconsciente colectivo de cualquiera sea un pueblo determinado.

Es así porque nuestro cerebro está formado en una parte con un fuerte mecanismo de defensa, la zona ancestral directamente heredada de los antepasados reptiles.

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El tronco encefálico superior sigue funcionando como hace millones de años lo hacía en pos de garantizar la supervivencia, era necesario en condiciones de vida adversas actuar rápidamente siguiendo pautas animales pre establecidas, nos ufanamos de ser racionales y pensantes, pero, seguimos actuando como bestias ya que nuestro cerebro profundo no ha cambiado.

Para la supervivencia también es necesaria la empatía, altruismo, y sobre todo comprensión del entorno, el cerebro está cargado con esos impulsos, sin embargo, baste una sospecha de amenaza toda filosofía de paz, de integración y buenas intenciones se van al garete, sea en occidente, sea en oriente, sea en el norte o en el sur, las tribus se aglutinan y marchan unas sobre otras, desplegando discursos elaborados basados en multiplicidad de principios, apelando a las religiones, voluntad divina, a la civilización verdadera, o al prosaico nosotros tenemos razón y punto.

En realidad el hombre responde al mandato reptiliano de eliminar al diferente. No hay mucho más que eso.

Hace unos pocos meses el mundo lloraba ante las fotos de un niño ahogado, un solo niño, la imagen desoladora, la tristeza ante la indefensión de la inocencia, multitudes gemían de dolor ante esas imágenes, es cierto, pero, la fase más escuchada en este contradictorio occidente era, “Puede ser un hijo nuestro”, se reconocía al niño con rasgos propios de la gran tribu europea por tanto merecedor de tantas lágrimas. No hubo tanta conmoción mundial por unas fotos de otro niño en sus huesos, agonizando ante la paciente mirada de un buitre, porque esa otra criatura era distinta.

No es crueldad, no es hipocresía pura y dura, es el reconocimiento atávico de la parte del cerebro reptil colectivo que el niño ahogado parecía uno del grupo.

La masa es voluble, cual pluma al viento, se puede parafrasear. La formidable potencia de los medios de comunicación masiva exacerba esos cambios bruscos de opinión, un atentado, una matanza en el Líbano, Turquía, África profunda, hace que la tribu europea menee reprobatoriamente la cabeza y siga con sus asuntos, los muertos lejanos son solo cifras, estadísticas y ya.

Hablando de los manejos de los medios de comunicación, son claras y hasta elementales las diferencias en el tratamiento de las imágenes según los intereses. La sangre se muestra o no, independientemente del buen gusto o la necesidad de evitar lo cruento. Los bombardeos causados por el bando propio se ven en las pantallas de televisión en blanco y negro, o, como asépticas luces en los cielos nocturnos, como si fuera un vídeo game. No se ven escenas sangrientas. Cuando las víctimas pertenecen al grupo que representan los medios de comunicación, sea cual fuera, la sangre se muestra tal cual es, bien roja.

Los muertos propios tienen nombres, rostros, historias, identidad, ahí si se presenta el horror duelo y homenaje, sencillamente porque no son esas extrañas gentes, son “nosotros”.

Ahora bien, el saber que las conductas humanas, especialmente aquellas impregnadas de intolerancia, egoísmo e irreflexiva agresividad forman parte de la herencia genética destinada a la supervivencia no es motivo para disculparlas ni tolerarlas.

Ya el humano no es una trémula criatura arrastrándose en las peligrosas selvas del pleistoceno, ya no es reptil, ha luchado bravíamente contra impulsos de su naturaleza, ha dominado en muchos aspectos a la bestia primigenia, sigue en su lenta pero inexorable postura final bípeda, se sigue alzando sobre sus cuartos traseros, es imperdonable que cada tanto caiga otra vez en sus cuatro patas.

Este sayo le cabe a la humanidad en su conjunto, a los que matan en nombre de Dios y a los que matan en nombre de la Patria, a los que imponen a sangre y fuego sus ideas convencidos que son las verdaderas, a los que no toleran al que piensa distinto.

La tolerancia, la aceptación y el respeto son músculos en el cuerpo de la humanidad toda que deben ser ejercitados sin pausa ni esteroides, porque en esta época el animal humano no depende solo de sus garras y dientes ni siquiera de su fortaleza física para sobrevivir. Ha desarrollado artificiales órganos de matanza, fáciles, de poco riesgo, letales y económicamente convenientes.

Claramente para perdurar y prosperar la raza humana necesita hundir más el tronco encefálico primitivo. No preguntarse “¿Que gente es esta?”, ver en todos sea cual sea el idioma que hablen, creencias y aspecto que son parte de la tribu humana sin más.

Todas las buenas intenciones de los derechos humanos se deshacen cuando el reptil desconfía.
Sonia Drusila Trovato Menzel (Texto e Ilustración)

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