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Traición

Por   /  03/10/2015 

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Drusila

Drusila

En los pueblos de la antigüedad emociones, acciones, sucesos o fuerzas de la naturaleza tanto beneficiosas como no, adquirían identidad mediante una deidad que los representaba con su correspondiente nombres, atributos, carácter y anécdotas.

Todo era más fácil de entender dándole personalidad,” calidad de persona”, y así, de ser necesario, conjurar, peticionar o expulsar.

El rayo es atributo de Thor, el amor de Afrodita, Bóreas determinado viento, Excalibur  una espada en especial, y así, a objetos, sentimientos hasta fenómenos naturales se les otorgaba contundente existencia con morfología o carácter humanos.

 

Las deidades podían sentir emociones que eran potestad de otras, de todos modos y yendo directamente a las pasiones o hechos humanas, los más importantes estaba representada por un dios, y los había para todos.

Enamorados, parturientas, ladrones, asesinos, médicos, iracundos, y hasta violadores.

La venganza, la furia, las pestes y guerras, todo estaba normalizado asociándolo al hombre.

 

No existen, al menos conocidas, deidades que representen y ofrezcan culto a la traición.

Por supuesto que los dioses traicionaban, hasta repetidamente, y con poco o nulo arrepentimiento, sin embargo, aunque hasta la suprema maldad ha tenido y tiene su representante infernal, nadie gobierna o tiene la potestad de esa acción, aprovecharse de quien brinda confianza.

Para simplificar y darle lectura inmediata: La traición no tiene nombre.

Destacando un detalle, tampoco tiene rostro, es inidentificable, de ahí su efecto letal.

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La deslealtad por excelencia en la mitología nórdica es un asunto de Loki, pero no solo nunca tuvo rango de dios ya que jamás se le ofreció culto, además usaba la traición, no era amo y señor de la misma.

Negarle identidad no parece, en este caso, ignorarla, más bien parece haber sido entendida como, de todo lo malo que un humano puede hacer, es lo peor, algo tan deleznable en si misma que no cabía humanizarla o darle carácter propio.

 

Tan así, que Dante reservó el último, el profundo noveno círculo de su infierno para exclusivo tormento de los traidores.

“Cocito”, tenebroso lago congelado, centro mismo del hábitat de Lucifer, quien mientras mastica furiosamente a tres traidores emblemáticos, entre ellos Judas, bate sin cesar sus poderosas alas creando un gélido vendaval para aumentar la tortura de los condenados semi hundidos en el hielo para toda la eternidad.

Para Dante la deslealtad es tan horrorosa que el mismo Señor de todo Mal se indigna.

Y esa acción, la de traicionar, a la que jamás se le ha dado forma humana, es, paradójicamente, la más típica de los humanos.

No se trata aquí de lanzar diatribas sobre esta perfidia en particular, solo se trata de entender su letal gravedad viendo el agujero que deja la fuerza de su impacto en el conciente colectivo.

 

La cantidad de personajes históricos o mitológicos que abusaron cruelmente de la confianza de otros es tan grande que un grueso volumen no alcanzaría para identificarlos: Clitemnestra, Polinices, Napoleón, Medea, Teseo, Licaon, Helena, Loki, Afrodita, Hitler, Layo, Pétain, Judas, Efialtes, Bruto, Zeus… La lista sigue. Si incluimos a aquellos que quedaron en el olvido o su crimen hundido en el anonimato, el número seria apenas inferior a todos los humanos que han existido.

Grandes o pequeñas en importancia, multitudinarias o individuales, las traiciones aniquilan a las víctimas porque lesionan la confianza, piedra basal de toda relación humana.

 

Los miembros de una tribu necesitan confiar entre si, es vital para su supervivencia.

Animal gregario, el hombre no estaría sobre la Tierra si viviera solo, el semejante es su defensa, su proveedor, o su futuro linaje. Salvando antipatías el hombre no puede ser el lobo del hombre, en cualquier guerra debe haber al menos dos bandos, y para los integrantes de cada uno es vital que sus compañeros resguarden sus vidas.

Nadie puede cometer falsía con enemigos, porque justamente son enemigos entonces es hasta esperable que suceda, pero, en su grupo de pertenencia no, ya que atenta contra el principio básico de la existencia humana.

 

De ahí la repulsión en las mismas entrañas de las víctimas, que en un principio quedan atrozmente desorientadas, porque si existiera un tabú primordial, algo que vulnera la base de familia, clan, tribu, sociedad es justamente la traición, la manzana podrida descompone al canasto entero, lo torna vulnerable, ergo, amenaza su continuidad.

 

Imaginemos un grupo de cazadores tras una presa en invierno, hambreados, famélicos, deben colaborar intensamente entre si, de no hacerlo, la cacería seguramente fracasaría.El premio es mayor que el mero alimento, es el éxito que permite la subsistencia de los cazadores y sus descendientes, de su raza.

Imaginemos que luego de confiar totalmente entre ellos, logran atrapar a la presa, imaginemos que uno de ellos, mientras los demás están atareados en despiezarla dándole la espalda, mata a todos y se lleva para si mismo el alimento. Para sí, no para compartir.

 

Imaginemos que uno de los cazadores no muere en el acto, y ve a su compañero llevarse aquello destinado a su tribu, pasa por su mente la certeza que los que aguardan ansiosos también acaban de ser condenados, ve desesperado como su compañero, aquél con quien compartió noches helada, rastreo, sueños, sorteó dificultades, y al que le dio alegremente la espalda en actitud de absoluta entrega asesina indirectamente a su gente.

Lo que siente el agonizante cazador es el golpe de la traición.

 

De eso dependía la supervivencia humana, y depende aún, por eso la traición no tiene nombre.

No es casual que uno de los considerados peores crímenes es, casualmente, traición a la patria.

Matanzas despiadadas se iniciaron con una delación, un solo individuo entregando secretos que le fueron confiados. Grupos militantes diezmados por un integrante que decide venderlos por treinta monedas.

 

Para que esto suceda, por supuesto, deben actuar dos estados, el que confía y el que lo usufructúa.

Por cierto, la traición no siempre se da entre grupos antagónicos, las más comunes, casi cotidianas, tiene que ver con sólo dos personas, sean pareja, amigos o compañeros de trabajo.

El resultado es igual de doloroso sea cual sea la causa, la víctima, en el mejor de los casos suele encerrarse en si mismo, desconfiar de todos, elevar complicadas murallas defensivas.

En el peor, queda anulada de por vida.

 

Por que, recordamos lo antedicho, si bien es una “cualidad” absolutamente humana, es también el atentado por excelencia contra los humanos.

 

Sonia Drusila Trovato Menzel (Ilustración y texto)

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