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Vasos gratis

Por   /  21/06/2015 

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Alba Novoa

Alba Novoa

Atención. Atención, que lo que voy a decir ahora no lo pienso repetir. Haced como si no pudieseis volver a leerlo. ¿Agarrados a la silla? Ahí va:

Yo era la niña más guay de todo el colegio. Y del instituto. Sólo que nadie lo sabía aparte de mi. Y de mi madre, por supuesto.

Y como sólo lo sabíamos las dos y a ella no le dejaban entrar en el patio a la hora del recreo, yo empecé a hacerme a la idea de que en este mundo iba a tener que aprender a estar sola (omitid cualquier tinte dramático, hoy no va de eso).

¿Sabéis? La gente tiene un concepto muy feo de la soledad. Si dices que vas a hacer algo sola, automáticamente pasas o a tener un problema que quieres esconder, estás triste, melancólica, apagada. Vale que algunas veces puede ser así, pero hay otras que no.

Como, por ejemplo, lo que me ocurrió hace un tiempo. Resulta que era sábado y decidí ir al zoo por mi cuenta y riesgo. Lo que yo buscaba sólo lo tenían allí, así que le comenté a una amiga que iba a ir. Hasta ahí todo bien. Pero, estando yo ya dentro del zoo, escucho un ruido metálico. Me giro y ahí está ella, con unos alicates enormes y un saco de similar magnitud. Le pregunté que qué hacía allí. Me contestó que le había resultado extraño que quisiese ir al zoo a las doce de la noche y que se había acordado de que yo siempre había querido tener un mono de verdad, así que allí había venido ella para ayudar. Se extrañó de que fuese con tan poco equipamiento. Primero, le dije que guardara los alicates, que iba a llevarme un mono de un zoo y no de un laboratorio de cosmética. Después me di cuenta de lo del saco. No llevaba saco. Se ve que lo del saco era muy grave. ¿Cómo iba a llevarme yo un mono del zoo sin que nadie se diese cuenta si no era metiéndolo en un saco? Pues vistiéndolo de humano, copón. Si a Elliot le funcionó con E.T., ¿por qué no iba a conseguirlo yo? La cuestión es que mi amiga insistió mucho en quedarse y aporreó sin querer la verja con los alicates. Sonó la alarma, vino la policía y nos ayudaron a buscar el pendiente que se le había perdido a mi amiga (mis estrategias nunca fallan y mi Ataulfo participó en la búsqueda. Ataulfo es un nombre precioso para un mono vestido de traje). Hay cosas que es mejor hacerlas sola.

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Hacer cosas sola no es malo. Otro ejemplo: cuando le digo a la gente que adoro viajar al extranjero sola, se llevan las manos a la cabeza. Me preguntan que si no me da miedo, que qué hago si me pasa algo. Lo dicen de una manera como si el simple hecho de salir de casa sola provocase la aparición sobre tu cabeza de un diamante brillante modo ‘Sims’. Creedme, es tan fácil como mezclarse entre la gente y dejarse la bandera de España, el palo selfie (ohg. Ogh. OGH), no dar voces en tu idioma por la calle o no llevar el mapa/ticket del bus rojo turístico ese pegado en la frente. Fin.

Pero tampoco nos engañemos. Tal y como tiene una parte fácil, tiene otra difícil. Creo que se está siempre haciendo equilibrismo en una cuerda cual funambulista: es muy fácil caer en el egoísmo, la amargura, la autocompasión, la falta de sensibilidad, etc…el aislamiento puede sacar nuestra versión más cruel si nos cerramos en banda al mundo. Eso es feo. Como también es feo depender de la gente constantemente, ojo (¿os habéis fijado en lo gráfico de la palabra ‘ojo’? Buscad los ojos y la nariz. De nada). Está genial tener gente alrededor, pero ahí lo peligroso es lo cómodo que es que te disfracen tus defectos como eternas virtudes (‘¿Qué has matado a la perra de la Pepa? Genial, tia, qué resuelta eres. No, no, de psicópata nada. Resuelta). Aquí lo único que quiero disfrazado es a mi Ataulfo (hoy va de banana. ‘Las ironías de la vida’, pensará él).

Eh. No cerréis pestaña que os estoy viendo venir. Todo esto tiene una justificación. Hacía mucho tiempo que no hacía algo sola al cien por cien. Hoy estoy de botellón. Sola. Lo hago tranquila porque no llego al nivel de Amy Winehouse. Estoy en Sevilla (no le veo el color especial, lo siento). He venido a un festival de música y no he encontrado a la gente con la que había quedado. Pensaría que ellos llevarían vasos, por lo que yo no he comprado.

Al ver el panorama, he decidido ir a por uno a un puesto de bocadillos en el que vendían vasos. He pedido uno y he preguntado por el precio.

Me lo han regalado. Seguramente por pena, pero yo no estoy triste. Estoy feliz, porque esto es una aventura más.

Resulta que ir solo no sólo vale para conocerse a uno mismo (seamos sinceros, si no sabemos cómo somos, ¿cómo queremos conocer a los demás?), nuestros límites y observar la vida en general. También te dan vasos gratis.

Que viva la independencia (en general, nada de política que de eso no entiendo).

Que viva Calle 13.

Que vivan los vasos gratis.

Alba Novoa

http://albanovoaf.wix.com/albanovoaf

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