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La magia de un pueblo, voces del desierto

Por   /  23/01/2016 

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Roberto Carlos Mirás Mirás

Roberto Carlos Mirás Mirás

En el avión  todo eran voces que sonaban a encantamiento. Distintos compañeros hablaban unos con otros de lo que  nos esperaba. Comenzábamos un viaje… Nos adentrábamos en la Magia del desierto en ese mundo lejano para unos y cercano para otros. Los hombres azules nos estaban esperando llenos de misterio. Los saharauis llevan más de veinticinco años reivindicando un territorio, nos iban a hacer de cicerones en un mundo aun por descubrir… El desierto. Durante el trayecto venían a mi memoria las  preguntas realizadas una y otra vez a lo largo de los años. Interrogantes que de momento no tenían respuesta, ¿desde cuando estaban allí?, ¿Es cierto todo lo que se habla sobre ellos? Había visto mapas, hablado con mucha gente… Recuerdo las palabras del pensador Tácito: “Hicieron un desierto y lo llamaron paz”. Veía las imágenes, grabadas en mis pupilas, de los chamanes llamados Taleb, las formas que tenían estos pueblos de darse a conocer, de recordarnos  que nadie se olvide de ellos. Este viaje nos serviría para adentrarnos en ese mundo en donde impera el silencio.

Llegamos a una tierra dura, de arenas, de rocas y piedras en donde los oasis se encuentran por centenares, son verdaderas islas de vegetación en el desierto. Abundan las llanuras pedregosas, las extensísimas mesetas (Hamadas), cadenas de dunas (Erg) y macizos montañosos que superan los trescientos metros. Ya lo escribía el poeta y aviador francés Saint Exupery “Al Sáhara hay que conocerlo para amarlo, por que amándolo no se abandonara jamás” Una y otra vez me preguntaba  ¿cómo pueden sobrevivir aquí?… En Argelia concretamente a 600 kilómetros de Marruecos un saharaui por lo bajo nos decía “Llegamos aquí con las manos quebradas. Dormíamos junto al fuego como las ratas, hasta hoy”. Más tarde la hospitalidad hace acto de presencia “Tomad el té primero, que es como una escuela de vida, como una línea recta que debemos de seguir en pleno desierto”. No hay prisa, no hay reloj que dé las horas. Sus caras son alegres, sonrientes, sencillas. Antes de hablar nos obsequian con la ceremonia del té: “el primero es amargo, amargo como la vida, el segundo se vuelve a hervir, sale dulce como el amor, el tercero sale suave como la muerte y otros dicen como las brisas del mar”.  Tras haber estado en el Sáhara muchos años y siendo autor de una monumental obra “Historia del Sáhara español, la verdad de una tradición” el coronel José Ramón Diego Aguirre describe a los saharauis “Como una población nómada de la etnia bereber con aportaciones árabes, básicamente vivían de sus camellos, de sus cabras, alimentándose de leche, de harina o de algunos vegetales. Islamizados en el siglo VIII, pero sobre todo en el siglo XI, cumplían las prescripciones coránicas con extraordinaria fe, y practicaban la hospitalidad del desierto”. No usan el tatuaje pero utilizan la pintura  en gran abundancia. Los hombres se pintan con él “cachela” (piedra azul de manganeso que se encuentra en grandes cantidades en el Meseied del Aaium)”. ¿Sois tuareg, beduinos o bereberes? -les pregunto- “Los saharauis somos beduinos, al contrario de todo aquello que de nosotros se ha dicho. Con el paso del tiempo hemos dejado de ser nómadas por culpa de las distintas tecnologías” nos dice, Mahayub Sidina en su momento delegado del Frente Polisario en Galicia.

                                 TUAREG

En la desolada inmensidad sahariana viven una raza de ladrones nómadas a los que a causa de su impiedad los árabes han llamado “tawarek” o “abandonados de Dios” no tienen nada que ver con los beduinos, ni con otros grupos étnicos. De los hombres azules o de los tuareg, como se les conoce, ya me había hablado hace algunos años el periodista radiofónico Miguel Blanco. Según sus palabras y hasta donde la memoria me permite: “Había podido ganarse la confianza de uno de los ancianos y, con mucha paciencia, le había sacado a un niño, de los ojos, un montón de moscas calentando agua caliente en una de sus jaimas”. Miguel Blanco es autor de varios libros y en algunos de ellos cuenta sus experiencias dentro de los múltiples viajes que ha realizado a lo largo de su carrera. En uno de ellos habla de estos misteriosos y enigmáticos personajes. Nos los describe y nos hace entrar en esos mundos: “Otros Mundos, las huellas de los antiguos dioses” (Palmyra) o su “2012. Mayas. Los señores del Tiempo” (La esfera de los libros) Junto a este autor también el intrépido, aventurero, Miguel Pedrero, nos sumerge en esa odisea rodeándolo de fuentes y misterios con su: “El universo no es plano” También en Palmyra. Pero no dejemos a nuestro tema: ¿Cuál es su historia? -pregunté a nuestro guía-. Suleiman me mira, solo se le ven sus ojos a través de su turbante negro. Es un saharaui, alto, delgado, al cual  no se le adivina la edad, “la palabra tuareg deriva del árabe y el singular es targui”. Se pensaba que eran descendientes de los cruzados cristianos. Hoy sin embargo, se sabe que son bereberes de raza blanca. Una teoría mítica pretende encontrar una relación entre los tuareg y la legendaria Atlántida, de donde huyeron, antes de que el Océano los hubiese engullido. Según un dicho saharaui “Un Tubu, puede sobrevivir tres días con un dátil; el targui, lo supera, pero si el tubu es insidioso, el targui es leal”. Los tuareg fueron conocidos en todo el Sáhara como los “señores del desierto”. Son dueños de  una cultura con gran originalidad,  una lengua propia el “tamachek” y hasta un alfabeto, el “tifinagh”. Aparecen relatados por primera vez en las crónicas de León el Africano, en el siglo XV. Cuando tiene la edad de casarse el joven tuareg se cubre el rostro con un velo; para siempre. El velo tiene de ocho a doce metros de largo y suele estar teñido de añil. ¿Por qué cubren el rostro los tuareg? Unos encuentran una respuesta religiosa; los tuareg son musulmanes y piensan que así se imita al profeta. Otra de las hipótesis, dice que es, por que así se protegen de los espíritus malignos. Y como dice la canción ¿qué quiere un tuareg? A lo que responde “Un hombre quiere, su camello blanco, su montura roja, su tabuka, (espada mortífera) y una canción de amor”. La mujer tuareg es la gran liberada del mundo islámico. De fuerte tradición matriarcal, la sociedad es monogama  y otorga a la mujer el derecho a llevar las riendas en el juego amoroso  y la economía del hogar. Mientras los hombres se cubren el rostro con un amplio velo, las mujeres llevan la cara descubierta y atrasan el casamiento todo lo que pueden para mantener la independencia.

                              SU MAGIA

Subimos” con Suleiman en el Jeep, nos hace de Cicerone por el desierto. A los tuareg los encontramos en aquellos reportajes realizados por el periodista Luis Pancorbo, el mismo que a través de Televisión Española y de sus distintos libros nos ha sabido acercar a la filosofía y a la antropología. “Dese cuenta- nos dice, los tuareg conservan,  en su vida familiar, rasgos de las ideas cristianas. Llaman a su Dios “El Mesías” y a su buen genio Anyelus. Adoptaron la fe musulmana después de la conquista árabe en el siglo XVII. Su religión no es rígida, no es una religión de ayunos” En el Sura numero cuatro del Corán se relata como “Dios, demiurgo de todas las cosas, dio vida a unos extraños personajes”. Creen en las prácticas animistas, en los hechos sobrenaturales. La entrada esta justo en la dirección contraria al viento. ¡Ha llegado el taleb! Oigo decir, ¿quién es el taleb?-pregunto asombrado a Suleiman- “Es un personaje respetado, un hombre de conocimiento y sabiduría. Según la necesidad, sirve de chaman o de simple consejero. Hace talismanes que contienen papeles llenos de símbolos mágicos. Es para proteger a las personas de los malos espíritus y de los djenums, trasgos que para los tuareg son el origen de las desgracias y de las enfermedades”. Ya el antropólogo español Julio Caro Baroja, en sus clásicos “Estudios Saharianos”  publicados en 1955 apuntaba: “Los yin ( singular “yun”) son espíritus que producen mucho daño a las personas. Con frecuencia son oídos y existen muchos casos en que puede vérseles. Se dice que en el Tigris, cerca de la ciudad santa de Auserd, existe un lugar entre dos montes, llamado Leynad, en donde suelen hallarse en gran numero. Bailan, cantan y no permiten que suba nadie a donde están, salvo, los que llevan escapulario. Los trasgos que viven en los árboles, las montañas y los pozos, tienen, entre otras cosas, la culpa, según los tuareg, de que los viajeros pierdan el camino.” Mientras el jeep va de un lado a otro me  cuentan como: “Arqueólogos del Museo Canario realizaron una expedición hace algunos años. Según sus portavoces, existen unas montañas con el nombre de Lechuad, también conocidas ‘como las montañas del diablo’, donde existen innumerables cuevas con grabados rupestres. Muchos dicen que quien pasa cerca de estas montañas, oye voces humanas y gemidos de animales, sonidos del pasado, retenidos por el magnetismo de esas montañas”.

Bir Lehlu, es un punto de agua permanente y, por lo tanto, de obligado paso  de las caravanas, donde se encuentran vestigios de primitivos asentamientos y cementerios de cuyos orígenes no existe memoria entre los saharauis. Dos periodistas cubanos me decían: “Los pozos profundos fueron construidos por los ‘hilaliyin’ termino que se emplea para nombrar a los antiguos pobladores del Sáhara Occidental. Igualmente casi todos los vestigios arqueológicos, como los túmulos funerarios y demás construcciones ciclópeas, así como, las estaciones de grabados rupestres, son atribuidos a los enigmáticos ‘hilayin’. Hilal se denomina a la luna creciente en el momento de su máximo distanciamiento de la tierra, yin puede traducirse como el conjunto de cosas muy extrañas”. Suleiman me mira firmemente, con su vista me manda subir al jeep; continuamos. Estamos hablando de antigüedad, de arqueología. Recuerdo aquel libro que había leído hace algunos años “Arqueología Psíquica, la maquina del tiempo hacia el pasado” (Editorial Martínez Roca). Un equipo científico-psíquico describe una antigua civilización antigua” y si realmente fuera verdad… Antes de la islamización (siglo XI d. de C.), según la población saharaui, estas tierras estaban pobladas por personas de mas de dos metros de altura  (los hilaliyin), rubios, de tez blanca, que practicaron la ganadería y la guerra contra los hombres negros del Sudán, que actualmente correspondería con Mauritania, Mali o Senegal. Pero se extinguieron sin saber por qué. Siempre me había llamado la atención él poder descubrir, poder estudiar aquello desconocido. Una y otra vez venían a mi mente las palabras del periodista Jaime Barrientos  experto  en el mundo árabe. “Siempre que puedas investiga, vete hasta el fondo de las cosas, no te quedes en la superficie”. Y eso intentaba. La palabra Tassili hacía acto de presencia. “Su nombre en el lenguaje de los tuareg, significa ‘meseta de los ríos’. Sin duda la meseta existe,  en cuanto a los ríos, ya es otro cantar, pues solo hay valles resecos. Constituye el descubrimiento más importante de los últimos tiempos arrojando una nueva luz sobre el neolítico africano”. Las pinturas del Tassili constituyen verdaderos archivos que permiten formarse una idea muy clara de la población antigua del Sáhara, de los antiguos tipos étnicos que las recorrieron, de las rutas que unían el mediterráneo con Níger. Entre sus creencias figura la del “mal de ojo”: las personas portadoras de la mala suerte trasmiten a otras personas esa mala fortuna. La familia de los sujetos así afamados se pone en el cuello  numerosos escapularios y un mechón de sus cabellos lo arrojan al fuego para desposeerle de esta virtud maléfica. Una de las formulas de anular el maleficio es estrellar un huevo en la frente del gafe,  de manera, que este, cogido de improviso, sufra tal susto que haga salir al demonio de su cuerpo. La paz del desierto se aleja, Suleiman me mira… El viaje prosigue.

 

Artículo de Roberto Carlós Mirás

 

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